Como la marca del famoso aceite lubricante, este 11 de septiembre hemos tenido tres diferentes conmemoraciones en tres distintos países, que han suscitado encontronazos internos. El pasado acicateando odios en el presente.
El más divulgado, el recuerdo a las víctimas de las torres gemelas en la ciudad de New York y de los otros sitios en que impactaron los aviones secuestrados por seguidores de Al Qaeda. Este año se acompañó del ruido del odio religioso. Anuncios de quemas del Corán, seguidos de amenazas de represalias mortales e indiscriminadas y por fin en la misma zona cero de Manhattan manifestantes opuestos y a favor de la construcción de la famosa mezquita musulmana en los alrededores, vulneraban con su algarabía extemporánea el momento de recogimiento y evocación de los familiares y allegados a los muertos. Una distancia prudencial y las fuerzas del orden evitaban que "las manifestaciones" se convirtieran en batalla campal y mayor profanación.
En Chile ya se ha hecho costumbre revivir el odio y los rencores de aquel 11 de septiembre de 1973, aquel “desenlace previsible” –como lo denominó el presidente Sebastián Piñera. Esta vez los ataques violentos se perpetraron contra trabajadores de la prensa, cuando encapuchados atacaron este mediodía a móviles de televisión y periodistas que se encontraban en las inmediaciones del Cementerio General, tras la pacífica marcha de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos.
Barcelona ha sido el tercer sitio de esta especie de tripleplay de la manifestación violenta. Al final de una marcha independentista con motivo de la Fecha Nacional de Cataluña (Diada), también encapuchados han quemado en una tarima la efigie del Rey y banderas de España y de Francia. La efeméride del 11 de septiembre, en este caso se remonta al 1714, día en que las tropas borbónicas toman Barcelona durante la Guerra de Sucesión Española.
Como hemos visto, el pasado –reciente o remoto- puede comportarse como la víbora del veneno que muerde, destila su odio y encona el presente.
