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viernes, 29 de octubre de 2010

Merenguitos de Lucerna para tí

En estos días falleció ya a los 92 años Rosendo Rosell. Desconocido totalmente para casi todo cubano que no sobrepase con holgura la media rueda. La prensa de Miami y sitios cubanos de Internet dieron cuenta de su muerte en el hospital de Hialeah y publicaron biografías y semblanzas de su trayectoria.

Fue uno de los artistas cubanos más polifacéticos en géneros y medios. Su presencia fue estable en la radio, televisión, cine y teatro. Animador, locutor, actor dramático y cómico, brilló además como compositor de éxitos sonados en la época de oro de la orquesta Aragón. Me acuerdo de Calculadora y Sabrosona. Si no recuerdo mal fue Mr. Televisión algún año, creo que con Maritza Rosales como Miss.

Escribió cuatro tomos de “Vida y Milagros de la Farándula de Cuba” donde registró para la historia de la cultura cubana eso mismo que describe con exactitud el título de su obra.

Su patria chica, Placetas. Pero seguramente que ni en la chica, ni en la grande (Cuba) hubo un recuerdo o una mención pública de su nombre en ocasión de su fallecimiento. En la isla oficial, que es la única con voz, había muerto hacía años. Cientos de miles de muertos en vida. Gente que solo quisieron vivir su propia vida y no el guión escrito por el voluntarismo de un solo hombre, y optaron por irse del país. Mientras más conocidos, más públicos o más célebres,…más muertos.

Los cubanos que tuvimos nuestra infancia en los 50, disfrutamos lo que fue también la infancia de la televisión. En Cuba una infancia precoz porque técnica y artísticamente el nuevo medio maduró aceleradamente y sentó pautas para todo el continente. De aquel tiempo y Rosendo Rosell retengo la frase que encabeza esta entrada. Recuerdo que “el viejito Chichí”, personaje que hacía un actor de apellido Sanabria, tenía en canal 6 un programa con nacientes estrellas infantiles mientras en el canal 4 de Mazón y San Miguel, la Escuelita de Rosendo Rosell hacía la competencia con una emisión de corte similar. Y en mi mente recuerdo perfectamente, como si estuviera yo de nuevo frente al televisor RCA que mi madre le compró a plazos a Modesto, la voz enérgica y bien timbrada de Rosell cada vez que un niño terminaba su actuación,  recordándole el premio inefable del patrocinador: ¡merenguitos de Lucerna para tí!