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jueves, 15 de abril de 2010

Los Vericuetos de la Maldad

En estos días veía un programa más de “Redes”, el divulgativo científico que conduce Eduardo Puncet. En esta ocasión exploraba con el investigador Philip Zimbardo la pendiente resbaladiza de la maldad. El psicólogo realizó hace treinta años un experimento clásico para estudiar la influencia del entorno en la conducta malévola de los humanos. En los sótanos de la universidad de Stanford en California recreó la atmósfera de una prisión. Los estudiantes fueron asignados, tirando una moneda al aire, al papel de guardias o de reclusos. Aunque el diseño era para varias semanas el experimento tuvo que ser detenido al sexto día. El grado de crueldad desarrollado por los “guardias” llegó a extremos intolerables. En este y otros experimentos se refuerza la tesis de que la frontera entre el bien y el mal no siempre es el individuo quien la cruza. Se trata de que ese lindero es desplazado por el medio que rodea al individuo, especialmente las instituciones a las que se debe y las conductas que son practicadas y aceptadas por sus semejantes. Esas influencias sobrepasan la ética individual de las personas comunes. Así es posible entender como gente buena se convierte en malévola.

En corto intercambio de cartas abiertas que sostuvieron el ya legendario trovador cubano Silvio Rodríguez y su compatriota escritor y periodista Carlos Alberto Montaner, el primero afirmaba: “No estoy de acuerdo con los actos de repudio, pero otros cubanos se indignan hasta el punto de cometerlos. Los cubanos de Miami hacen lo mismo. Debe ser la parte triste de nuestro karma.” Silvio se refería al hostigamiento con violencia de palabras y a veces física con que grupos de personas agreden a otros, en el caso de los cubanos por concepciones políticas o ideológicas opuestas. La ciencia no contempla al “karma” como categoría a tener en cuenta ni le concede a Satanás vela en este entierro. Los hallazgos científicos apuntarían a que algo anda mal en las sociedades que de una forma u otra toleran y hasta propician esas conductas. Por tanto algo habría que intentar corregir en ellas.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Apresar la Red

Aparejo hecho con hilos, cuerdas o alambres trabados en forma de mallas, y dispuesto  conve- nientemente para pescar, cazar, cercar, sujetar, etc. –dice en su primera acepción de “red” el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. En la décima acepción se refiere al conjunto de ordenadores o de equipos informáticos conectados entre sí que pueden intercambiar información. Ahora cobra fuerza por parte de algunos poderes la intención de sujetar a esta última red. En España ya se aprobó la llamada ley de economía sostenible, de dudosa aplicación debido a contradicciones jurídicas y posible inconstitucionalidad. En ella comisiones administrativas podrían resolver el cierre de páginas web. Recientemente la ministra de cultura española, se pronunció por la necesidad de proteger a los creadores de la piratería en internet. Al final de su intervención Edward Puncet, un brillante divulgador científico arremetió con símiles llamativos en contra de la tentación de apresar internet.




Los españoles han quedado cautivados por la réplica de Puncet y hay quienes se han movilizado para que él sea promovido a ministro de cultura. Yo que huyo de los extremos como de la muerte, de la que –por cierto- he escapado con éxito en tres ocasiones, considero que proteger la propiedad intelectual es una necesidad de estímulo a la creación a la que los estados no deben renunciar. Tampoco internet puede ser un ámbito de impunidad para delitos de estafa, suplantación de identidad u otras acciones de índole criminal. Nada de ello debe atentar a la libertad de información y de opinión y no tendría por qué.