
Días atrás regresé de un viaje estrictamente privado y familiar a Cuba. Tanto es así que la sucesión continua de reencuentros conmovedores con familiares y amistades entrañables tuvo solo una pausa de pocas horas, andando la Habana Vieja, del total de 15 días que permanecí chupando savia por mis raíces.
Cargado con el fárrago de la memoria de mis vivencias de toda una vida que se extendió hasta hace apenas doce años atrás y con la impronta de la televisión exageradamente sesgada de los canales de Miami, podría resumir la impresión del panorama que encontré en una frase hecha: ni tan tan, ni muy muy. Y sobre esto no diré más. No deseo contaminar la visita privada y familiar con análisis de otra índole. La huella de las nuevas experiencias adquiridas en el viaje a las raíces saldrá inadvertida y espontáneamente en escritos futuros, aunque yo no lo quiera, por ley de las influencias vivenciales sobre nuestra conciencia.
Cuba, lo sabemos todos, es un mundo aparte. Absurdo, para algunos, -queridos amigos, verdaderamente, ¿Por qué no decirlo?- esperanzador para otros, pocos adentro, pero muchos afuera que la ven de lejos, inmersos en una marginalidad asfixiante, donde toda apariencia de utopía que sobrevive es oxígeno puro. Ahora bien, la gente, su gente no está aparte. Ni son el “hombre nuevo” que quiso forjar a moralina y muerte el argentino, soberbio en su modestia fingida, quien devino santo, mito y mercancía a la vez, ni son la hez humana producida por la sociedad que creó Fidel Castro, que quieren ver los sectores más reaccionarios del exilio, sumidos en la rabia y la frustración de 50 años transitando por el camino incorrecto de la confrontación, un callejón sin salida y paralelo al trazado por los jerarcas palaciegos o ceropuntuales de la isla.
Guillermo Cabrera Infante, uno de nuestros tres Premios Cervantes*, tituló una de sus obras Mea Cuba, aludiendo a la locución latina mea culpa. La culpa del exilio, la culpa por irse. Hoy en día un sector de la diáspora cubana, mayoritariamente localizado en el sur de la florida, y desafortunada e injustamente etiquetado "exilio histórico", encuentra culpa en la visita a la isla de los cubanos que salieron de ella por distintas motivaciones y circunstancias, y a los cuales sobre todo el propio régimen revolucionario, en su soberbia absolutista, convirtió en exiliados, negándoles la sal y el agua, y casi todos sus derechos como nacionales, insultándolos y hasta agrediéndolos en su partida durante las etapas más extremistas de las “ofensivas revolucionarias”.
Por todo ello, al regreso de mi viaje a Cuba y puesto a reanudar mi peregrinaje cibernético de habla-solo, he gozado titulando esta entrada con una locución latina que expresa aproximadamente lo contrario de mi culpa: "mi honradez". Aunque yo diría mejor: mi orgullo.
*Los otros dos Premios Cervantes han sido Alejo Carpentier y Dulce María Loynaz