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jueves, 25 de marzo de 2010

Mundo Ambidextro

Tras la Segunda Guerra Mundial se fue moldeando, al contradictorio calor de la guerra fría, el mundo bipolar. Se caracterizó así ese período del siglo pasado en que dos superpotencias se disputaban el dominio político y económico del mundo. Efectivamente, el acontecer global estaba matizado, de un modo u otro, por una contradicción fundamental: URSS-EE UU. Hasta se definió una supuesta estética denominada "realismo socialista", y en el extremo opuesto se proclamó al más aséptico y no comprometido arte como el único valedero.

Sería innecesario recordar, por lo reciente, cómo desde el Chile de Allende y Pinochet hasta la Angola de Neto y Savimbi, pasando por todo el acontecer histórico de la mitad final del siglo pasado, el planeta se debatía bajo el influjo de los dos polos políticos de entonces. Quizá la revolución cubana, particularmente con el episodio de “la crisis de los cohetes”, fue el ejemplo más descarnado y descarado de la transposición de los intereses de las dos potencias hegemónicas a escenarios ajenos. Tras la caída de la URSS y sus satélites de Europa, del así llamado campo socialista, se presuponía que se impondría la unipolaridad para describir un mundo pretendidamente globalizado que danzaba, en gran medida, al compás de la batuta que porta el Tío Sam. Sin embargo, la realidad en que vivimos nos dice a gritos, a veces desgarradores, que persisten dos polos contradictorios con centros de poder no tan localizados como antaño, sino dislocados a la manera de una hidra con múltiples cabezas.

De un lado los marginados, las víctimas desesperadas de la desigualdad social y la corrupción, la juventud idealista e ingenua a la vez, los aventureros y la hez de la sociedad, son aglutinados por personas con una fuerte adicción al poder político, que devienen líderes de causas forjadas por una mezcla de ingredientes en la que no han de faltar justas reivindicaciones al lado de intereses de emporios del narcotráfico, de nacionalismos de corte fascista, de fanatismos religiosos, del simple placer destructivo o de energías juveniles mal canalizadas. Es factor común en ellas no ofrecer soluciones viables sino mucho populismo demagógico. Del otro lado, los intereses creados y sus detentores porfiando por retener la parte del león y mantener un status quo que los favorece en demasía.

Como resultado siguen existiendo dos bandos definidos. Si se trata de dictadores, cada bando condena al de la acera opuesta y defiende a los de su lado. Si fuéramos políticamente ambidextros podríamos reconocer con mayor justeza que los caudillos de ambos polos ideológicos negaron la libertad de sus pueblos y reprimieron con saña a sus opositores, acciones igualmente condenables sin que importe la causa que se pretendía defender. Si fuéramos capaces de batear intelectualmente a las dos manos, podríamos entender que unos países necesitan desesperadamente liberar las mentes y las manos de sus ciudadanos para que produzcan con la eficiencia y productividad que solo la retribución personal es capaz de aguijonear, sin tutelas probadamente incompetentes, mientras que otras naciones, por el contrario, necesitan urgentemente mayores regulaciones en sus economías y finanzas que impidan que las ambiciones desbocadas lleven al mundo cada tanto a las crisis económicas periódicas.

Al mismo tiempo se impone batear a la derecha o a la izquierda según las circunstancias y situaciones particulares de cada país en un momento dado y desechar la violencia para dirimir diferencias dentro de los países y entre países. Es imperativo corregir el rumbo en un sentido u otro en cada rincón del planeta y aislar a los violentos, como portadores que son de la peste de nuestro siglo. Aquello de "que navegamos en la misma barca" ha dejado de ser una imagen poética. Se hace imprescindible un mundo ambidextro.

sábado, 16 de enero de 2010

El Precio del Liderazgo


El asunto de que hablo comienza en la más modesta oficina, escuela, fábrica, tienda o cualquier otro centro de trabajo: los subalternos hablan mal del jefe. Y la cosa se extiende a los niveles más encumbrados.

La tragedia del terremoto en Haití ha suscitado la compasión y la activa solidaridad de todo el mundo occidental. El caos, que suele reinar después de los desastres, se ha hecho presente sin oposición en un país con instituciones crónicamente débiles. La presencia de Naciones Unidas, que ponía algún orden, se diluyó por el derrumbe de su sede en Puerto Príncipe y las pérdidas fatales de decenas de sus funcionarios. En consecuencia la ayuda masiva de la comunidad internacional, para poder llegar a hacerse efectiva choca con el formidable obstáculo de la acefalia. El Comando de Operaciones Especiales Hurlburt de la Fuerza Aérea de Estados Unidos se hizo cargo del control de operaciones de la terminal aérea en Puerto Príncipe. Es la papa caliente que nadie se atrevía a agarrar. La complejidad de la situación, no solo en el aeropuerto, implica una tremenda responsabilidad. El país con un equipo de gobierno en shock depresivo y abrumado por sus propias desgracias como el que más, y el pueblo desesperado ante un auxilio que necesariamente se demora, hace temer violentos disturbios, vandalismo y un probable éxodo masivo e imparable hacia la frontera con República Dominicana. Estados Unidos una vez más demuestra su liderazgo y ASUME.

Ya se echó arriba el muerto del aeropuerto y en camino van 10 000 tropas para prevenir disturbios cuyos gérmenes comenzaron a manifestarse. Mientras, Sarcozi habla de reuniones de presidentes para compartir responsabilidades y Lula advierte que no moverá un dedo sin la responsabilidad del gobierno de Haití. Sea dicha la verdad, igual pasó cuando la amenaza nazi victimizaba a Europa. Estados Unidos no se anda con chiquitas y asume, y se ensucia las manos y arriesga y ofrenda la vida de sus soldados enfrentándose al caos, cuando otros lo contemplan o parlotean. Las críticas no le van a faltar. Es el precio del liderazgo.

The Price of Leadership

The matter about which I speak begins in the most modest office, school, factory, shop or any job: the employees speak badly about the boss. And it extends to the highest levels.
The tragedy of the earthquake in Haiti has prompted active compassion and solidarity of the entire Western world. The chaos that tends to reign after the disaster has become present without opposition in a country with chronically weak institutions. The presence of United Nations, which was putting some order, was diluted by the destruction of his head office in Port-au-Prince and the fatal losses of dozens of his officials. Consequently the massive help of the international community, to be able to go so far as to become effective collides with the formidable obstacle of anarchy. The Special Operations Command Hurlburt of the Air Force of the United States took charge of the control of operations of the air terminal in Port-au-Prince. It is the hot potato that no one dared to grab. The complexity of the situation, not only at the airport, implies a tremendous responsibility. The country with a government team in shock, depressed and overwhelmed by his own misfortunes and people desperate for help after a necessarily delay, it makes to be afraid of violent disturbances, vandalism and a probable massive and unstoppable exodus towards the border with Dominican Republic. United States once again demonstrates its leadership and ASSUMES responsibility.
To take charge of the airport it is a bit much, and yet in way are 10 000 troops to prevent disturbances which began to appear. Meanwhile Sarcozi speaks about presidents' meetings to share responsibilities and Lula warns that he will not move a finger without the responsibility of the government of Haiti. Truth should be told, as happened when the Nazi threat to victimized Europe. The United States does not hesitate and takes up office, and it makes the hands dirty and risks and gifts the life of his soldiers facing the chaos, when others contemplate or chatter it. The critiques are not going to miss. It is the price of the leadership.